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Raúl Trevé“La manera más inteligente de mantener a la gente aplacada y obediente es delimitar estrictamente el espectro de opinión aceptable pero permitir un debate abierto dentro de estos límites” (Noam Chomsky, 2002: 51[1])

Hace unos años, cuando muchos de mis amigos estaban entusiasmados con el recobrado protagonismo mediático de la política, me era muy complicado explicar por qué desconfiaba del mismo. En aquellos momentos se trataba de dudar de los beneficios para la conciencia y la discusión política de los programas de ‘debate’ que comenzaban a inundar la parrilla televisiva después del 15M. A día de hoy estoy convencido de lo contraproducente de los mismos para dichos propósitos.

Si hacemos una recapitulación, aunque breve e incompleta, de cómo el interés de los programadores televisivos se movió de la casquería famosil a la actualidad política veremos que hubo transformaciones progresivas de un formato a otro, sustituciones en determinadas franjas horarias e incorporación de secciones políticas en programas muy populares. En el caso de La Sexta pudimos ver como una parrilla saturada de contenidos de relleno, propia de una televisión joven en busca de su público, se iba llenando de programas propios de actualidad política aprovechando los nuevos intereses de una sociedad que parecía despertar de años de sopor.

Lo que tienen en común estos programas es el tratamiento superficial de la información, a pesar de la extensísima duración de algunos, la repetición constante de las mismas ideas y la banalización del formato. Con esto último me refiero a la adopción de técnicas televisivas explotadas antes por los llamados programas del corazón. Se trata del estilo ‘Tómbola’: tertulianos en general con más ganas de gritar que de argumentar y con más interés en su promoción personal que en la argumentación racional y mínimamente veraz; titulares sensacionalistas que se desinflan al primer acercamiento; transformación de los líderes políticos en estrellas de la televisión; y especialmente cierta banalización de todo lo que tocan (quizá “el medio es el masaje”).

De forma paralela a la generalización de estos programas, su creciente popularidad y la aparición de formas novedosas de relacionarnos con ellos a través de las redes sociales, el país ha pasado del mayor ciclo de movilizaciones, huelgas y manifestaciones en 30 años, al pacífico enclaustramiento de la mayoría de la población y las dos victorias (pírricas si se quiere) del bipartidismo.

¿Son responsables los programas políticos de nuestras televisiones de este resultado? Sería demasiado arriesgado y simplista contestar afirmativamente, la recepción de mensajes es un terreno complejo marcado por las diferencias sociales y culturales, pero igualmente sería ingenuo no conceder ninguna influencia a los mismos. Por un breve periodo de tiempo un número muy importante de gente salió a la calle, fue a manifestaciones y asambleas y comenzó a hablar con libertad de sus problemas y de política, una cierta radicalización (quizá desideologizada aún) comenzaba a hacerse fuerte y aspiraba a atraer a más y más gente que redescubría en la calle y en sus vecinos lo que los medios de comunicación habían ignorado durante muchos años. Entonces llegaron los programas políticos a la televisión como una brisa de aire fresco, información y debate que parecía llenar un vacío y que de algún modo (pequeño si quieren) invirtió la tendencia: lo político que se estaba haciendo en espacios públicos compartidos volvía al ámbito de lo privado, la discusión de la realidad social que buscaba pegarse al conocimiento inmediato retrocedía ante la mediación de las diversas pantallas que ocultan más que revelan.

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Aniversario del 15M visto desde un plató

Volviendo a la cita de Chomsky que encabeza el artículo, los medios conforman el marco de lo pensable y por tanto de lo posible, castigando a aquellos que se salen de estos ejes, cuando esto ocurre en una sociedad cuya principal fuente de formación política es la televisión, los pensadores más tacticistas pueden creer que el movimiento inteligente es contemporizar para evitar el castigo (que puede adoptar diversas formas), lo cierto es que el resultado es la desactivación del proceso de politización y creación de nuevos marcos de acción social y política, que quedan absorbidos por una comunicación mediada y controlada.

Pero tal vez lo peor de este ciclo de espectacularización de la política ha sido el encumbramiento a la altura de analistas políticos de periodistas mediocres, en el mejor de los casos, y en el peor de personajes casi siniestros que no habrían tenido cabida en ningún medio serio hace unas décadas.

Las consecuencias a medio (y quizá corto) plazo, si el empuje que pareció aflorar en 2011 no vuelve a los espacios públicos y sigue confinado en el marco de nuestras pantallas, será muy posiblemente un aumento del desánimo y el cinismo donde antes hubo cierto fulgor político paralelo a la caída del share de los programas de casquería política.

[1] El bien común, Siglo XXI.