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cm lopezTurquía ha sufrido en su historia reciente cinco golpes de Estado (1960, 1971, 1980, 1997 y 2016), tras el intento frustrado del último, las preguntas sin respuesta se suceden en la opinión pública y sobre todo en el seno de la Unión Europea y la ONU.

Las relaciones con Europa se remontan a 1963, con el Acuerdo de Ankara, gracias al cual Turquía entró a formar parte de la CEE, regulando así las relaciones comerciales. En 1980 se congelaron las relaciones a raíz del Golpe de Estado de Turquía, que se volvieron a retomar en 1983. El 14 de noviembre de 1987 se realizó la solicitud de adhesión formal a la Comunidad Europea pero no fue hasta 2005 cuando comenzaron las negociaciones para que el país, nexo con el continente asiático, se integrara en la UE.

Siempre han existido recelos por parte de Bruselas en cuanto a dicha integración. Turquía es un Estado laico, aunque con una sociedad mayoritariamente musulmana y con un presidente, Recep Tayyip Erdogan, del Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) de corte islamista.

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Recep Tayyip Erdogan, Imagen: Newsweek

Sin embargo, las mayores reservas de los 28 vienen alentadas por: su política de ocupación en Chipre; su tensa relación con Grecia; sus constantes conflictos con la minoría kurda; así como la propia posición geográfica en la que se encuentra, pues la mayoría de Anatolia forma parte del continente asiático.

Con la intención de entrar en la UE, Turquía realizó algunas reformas como la abolición de la pena de muerte, pero tras el alzamiento, el presidente apuesta por su restauración si el Parlamento lo decide. La inestabilidad del país y el incumplimiento de algunos estándares europeos en materia jurídica, fiscal, financiera, etc, hacen de la adhesión de Turquía un objetivo cada vez más improbable.

Tampoco ayuda, que una vez recuperado el control del gobierno, Erdogan está realizando una purga en todos los estamentos de la sociedad turca. Un total de 6.000 militares, 8.513 agentes de policía, 3.000 miembros de judicatura, 30 gobernadores, 1.500 agentes fiscales, 15.200 profesores de primaria, secundaría y decanos de universidades, 42 periodistas, etc. Estas acciones llevan a la comunidad internacional a replantearse si Turquía avanza hacía un verdadero Estado de Derecho, así como las genuinas intenciones del golpe de Estado. En este sentido, parece que Erdogan está sacando mucho provecho, entre otras cuestiones, para eliminar a todo el que considere oportuno.

La UE ya ha reprochado al presidente turco estas medidas, alegando que Erdogan tenía una lista, previa al golpe, de los jueces que deberían ser relegados de su cargo. Igualmente, el hecho de que Erdogan acusara a EE.UU. de propiciarlo y la negativa de los norteamericanos de entregarle a Fethullah Gülen, el máximo sospechoso de instigar el alzamiento según el presidente turco, ha afectado la relación entre ambos países.

Fethullah Gülen. Imagen EFE

Viendo los resultados tras el golpe, el cual ha servido para reforzar a Erdogan en cuanto a popularidad, es lógico que el presidente lo calificara de “un regalo de Dios”. Desde luego, la escenografía del presidente pidiendo que los ciudadanos que salieran a la calle para pararlo fue digna de una película de Hollywood, excepto por los 300 fallecidos. Si fue orquestado por el propio Gobierno o si dejaron que ocurriera, es un asunto del que todavía no tenemos constancia. Sin embargo, apreciamos que está siendo muy fructífero para los intereses de Erdogan, quien ha constituido un Gobierno islamista autoritario con pinceladas democráticas, que esconde las asignaturas pendientes de Turquía para ser el país que dice ser.