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Zapatero Lisboa

Arranca 2010 bajo el signo de una presidencia europea que asume España en un momento complicado, no tanto para la UE, sino para el propio estado que va a presidir la Unión. Quizás haya quien piense que la presidencia española de la UE puede ser un balón de oxígeno para Zapatero que puede utilizar la política europea para mejorar su imagen y salir reforzado políticamente tras los próximos seis meses de gestión. Todo lo contrario. En un momento de crisis como el actual, la presidencia de la UE es un auténtico ‘marrón’ para el Gobierno que distrairá inevitablemente esfuerzos, desatendiendo sus flancos más débiles. Históricamente, la presidencias de la Unión Europea han sido el caldo de cultivo para movilizaciones, protestas. El PP lo tiene claro y seguramente veamos al partido de Rajoy más beligerante que nunca durante estos próximos meses.

Más allá del movido y exhasperante patio local que ha llevado a los españoles a colocar a la clase política como el tercer problema del país, por encima incluso del terrorismo, hasta los que hemos sido más europeístas, tenemos todas las dudas posibles sobre la nueva etapa que ahora se inicia con el Tratado de Lisboa. Un Tratado aprobado con calzador, en muchas ocasiones al margen de la ciudadanía o, al menos, sin saberlo explicar. Lisboa se inaugura con el turno español que centrará esfuerzos en los asuntos económicos, derechos sociales y también prestará especial atención al conflicto de Oriente Medio y a las relaciones internacionales en la zona del Mediterráneo. También se inaugura un nuevo ‘cuadro de mando’ que quiere ser más discreto y eficiente, la discreción está asegurada de antemano con un presidente del Consejo que tiene un perfil bajo, como es el primer ministro belga Herman Van Rompuy. La eficiencia está por ver, y falta hace en un momento como el actual en el entorno europeo. Rompuy, con fama de culto, negociador y hasta maquiavélico, tiene importantes retos, como también los tiene Zapatero, ambos serán protagonistas en este periodo que se inicia. Ambos, en estos tiempos de turbulencias, como otros muchos líderes contemporáneos europeos (y españoles), deberían hacerse eco de aquella reflexión de Valery Giscard d’Estaing: “La gente está molesta por la insignificancia de los líderes ante la magnitud de los problemas que afrontan, y les irrita encontrar indecisión y corrupción cuando lo que buscan es dirección”.