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Releyendo ‘El Emperador’, de Ryszard Kapuscinski, me encuentro con unas ideas que bien se podrían trasladar a la política patria de hoy en día. En aquella ocasión, Kapuscinski trabajaba codo con codo con un amhara (etnia etiope). Los amharas tuvieron un peso específico importante durante la dictadura de Haile Selassie, y tras la revolución muchos fueron perseguidos y asesinados. Kapuscinski se ‘agarró’ a un tal Tefarra (amhara) para sobrevivir durante los últimos años en la ‘corte’ de Haile Selassie y para, posteriormente a la revolución, recabar fuentes cercanas al dictador que le permitieron hacer una perfecta fotografía de aquel deleznable régimen: “Eramos una pareja de coleccionistas deseosos de recuperar unos cuadros condenados a la destrucción con vistas a montar una exposición sobre el viejo arte de reinar”, escribió el maestro polaco.

Pero releyendo y redescubriendo el citado texto me topo con un párrafo que me invita a reflexionar sobre la errónea estrategia del Partido Popular en este periodo estival. Les invito a hacer el siguiente ejercicio, donde Kapuscinski habla de los amharas cambien por populares y demos un salto desde la Etiopía de 1974 a la España de 2009:

Como no había barricadas ni trincheras ni tampoco otras líneas claras de demarcación, cualquiera podía ser el enemigo. Esta atmósfera consistente en vivir en un estado de amenaza constante era alimentada además por la enfermiza suspicacia que cada amhara (popular) profesaba hacia otro hombre, incluidos  los otros amhara (populares) en quien nunca se debía confiar, ni creer en su palabra, ni contar con ellos, porque las intenciones de la gente eran malas y perversas y todos eran unos conspiradores. La filosofía de los amharas (populares) era pesimista y triste. Por eso sus miradas eran también tristes además de alertas y vigilantes; sus rostros, de facciones tensas, mostraban seriedad; raras veces se permitían una sonrisa”.