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Dos noticias europeas han pasado de refilón por la agenda mediática española durante estos últimos días, por un lado el SÍ de Irlanda al Tratado de Lisboa, por otro, la victoria de los socialistas en Grecia.

¿Por qué recupera el PSOK el poder en Grecia?, básicamente porque la crisis castiga a quien gobierna, ya sea de izquierdas o derechas, y los griegos consideran que con el actual gobierno conservador no se solucionan sus problemas económicos. De igual modo, la pésima gestión de la catátrofe veraniega de los incendios también les ha pasado factura. La ‘dinastía’ de los Papandreu vuelve al poder con mayoría absoluta, el socialismo europeo coge algo de fuelle después dos victorias consecutivas en Portugal y ahora en Grecia.

¿Y qué ha pasado en Irlanda?… básicamente que los irlandeses han votado con algo más de información, que desde las instituciones se ha conseguido movilizar en mayor medida a la ciudadanía, y que el pragmatismo ha propiciado un vuelco espectacular para que el SÍ se vaya hasta el 80%. En un país donde su Constitución obliga a convocar referéndum para casi cualquier cosa, resulta muy fácil abrir un debate nacional sobre el aborto o el divorcio, pero es tremendamente complejo informar adecuadamente sobre el Tratado de Lisboa. Esa ausencia de información fue un perfecto caldo de cultivo para los defensores del NO en el primer referendum, resultando paradójico que uno de los países que más creció y se transformó gracias a los fondos europeos, fuese ahora quien frenase en seco la construcción europea. Con las oportunas garantías de Bruselas, bajo el escenario diferente y absolutamente determinante de la crisis, todo ha cambiado e Irlanda finalmente ha ratificado el Tratado de Lisboa.

¿Y ahora qué? Superado el escollo irlandés, el Tratado, bajo la presidencia española de la UE deberá solventar dos escollos mucho más complicados que el irlandés: República Checa y Polonia. El caso checo es preocupante, enrocados en un antieuropeísmo feroz, el futuro de Chequia podría estar incluso desligado de la UE. Polonia es otra cuestión, la llegada de Donald Tusk al poder apaciguó algo el foribundo antieuropeísmo de los Kaczynski y con determinadas garantías de Bruselas, el gobierno polaco más pronto que tarde acabará también ratificando Lisboa. En suma, el futuro institucional de Europa para después de la crisis empieza vislumbrarse y eso es siempre una buena noticia.