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jose luisOdio + fanatismo + armas, el cóctel más dañino y perturbador, el que ha provocado la muerte de medio centenar de personas en un club gay de Orlando (Florida). El ambiente de intransigencia y radicalización comienza a ser irrespirable en Estados Unidos y Europa. La última entrada de este blog la escribía el profesor Jordi Marí sobre un reciente caso de homofobia que surgía en Estados Unidos, en el estado de Carolina del Norte, la famosa Ley Baños (HB-2) que penalizaba a los transexuales. Ser homosexual no solamente está penalizado en países con baja o nula calidad democrática, ser homosexual, en pleno siglo XXI, sigue siendo un problema para este colectivo en Estados Unidos o Europa. El discurso del odio cala y la matanza de Orlando es, desgraciadamente, el mejor ejemplo de lo que estamos hablando.

Homenaje a las víctimas del atentado de Orlando | FOTO RTVE

Homenaje a las víctimas del atentado de Orlando | FOTO RTVE

Mientras se trabaja en la confirmación del autor material de semejante atrocidad, conviene recordar que el presunto asesino, Omar Matten, es ciudadano norteamericano, con un perfil violento, tal y como ha denunciado su propia ex mujer que sufrió malos tratos y sus compañeros de trabajo que lo califican como una persona agresiva y retraída. Omar Matten era una bomba de relojería que además tenía acceso legal a un arsenal. Éste el gran problema, y los norteamericanos no son capaces de abordarlo, parapetándose en la segunda enmienda de la Constitución de los Estados Unidos, un texto legal anacrónico que sujeta la principal industria armamentística del mundo. Puro cinismo.

Que Daesh sea convierta en un reclamo, un fin de vida, para perfiles psicológicos enfermos como los Omar Matten (ciudadano norteamericano) hace que nos encontremos ante una dimensión superior e inquietante de un problema-lacra que recientemente sufrimos en suelo europeo, en la sala Bataclan de París. Ahora, en Orlando, el odio y el terrorismo dan un paso más al introducir el añadido de la homofobia.

Frente al discurso del miedo y el odio, solo queda el desarme y luego un ingente trabajo de EDUCACIÓN con las generaciones más jóvenes, desarrollando ese concepto que Kapuscinski llamaba la ‘otredad’, comprender al otro, tender puentes, no hundirlos. Una verdadera alianza de civilizaciones que no se quede solamente en un eslogan político. Un perfecto estúpido, como lo es el candidato republicano a la presidencia de los Estados Unidos, Donald Trump, está utilizando la autoría de la matanza de Orlando para obtener rédito electoral generando islamofobia, precisamente el mismo tipo que durante muchas de sus apariciones públicas ha generado homofobia. Trump ha optado por la misma bajeza moral que optó Aznar tras los atentados de Madrid el 11M. Para acabar con el odio y la sinrazón la peor medicina son este tipo de pirómanos que dinamitan puentes. Sería bueno que el electorado norteamericano reaccionará ante este desatino como el electorado español lo hizo con Aznar: mandándole a su casa. Tenemos casos recientes de pirómanos en nuestra convulsa España como el cardenal Cañizares, un homófobo de manual o todo un ministro del Interior en funciones, como Jorge Fernández Díez cuya última lindeza ha sido olvidarse de las víctimas de maltrato y abuso del caso Torbe para manifestar literalmente:

Deseo que ésto no afecte a la Selección Española

Ni un respiro en la lucha contra los odios, los abusos y la sinrazón, ni un respiro con los ejecutores, ni con quienes los jalean o protegen. El terrorismo de género comienza a ser irrespirable en España y hemos visto como una grada de un estadio de fútbol jaleaba a un maltratador, o ahora un ministro pone por delante a la jodida Selección Española de fútbol frente a mujeres (menores) víctimas de trata de blancas y abusos. La sociedad necesidad ídolos y referentes morales que estén a la altura de las circunstancias, en este sentido destaca la labor del Papa Francisco al frente de la Iglesia Católica, pero hacen falta más estadistas y un profundo cambio de paradigma que sirva para erradicar odios, fanatismos y desigualdades.