Símbología antiamericana

Dentro de la normalidad democrática, Estados Unidos elegía hace algunas semanas a George W.Bush para un segundo y último mandato, por cierto que lo de limitar a ocho años la presidencia del Gobierno no estaría mal institucionalizarlo también en España. Nunca unas elecciones presidenciales se habían seguido de manera tan apasionada en nuestro país, nunca se ha escrito y dicho tanto a priori y a posteriori sobre un proceso electoral en Estados Unidos. Lecturas para todos los gustos y argumentos que fundamentalmente tratan de justificar, en clave nacional, actuaciones pasadas.

Durante estos días se viene hablando y analizando en profundidad dos conceptos, por un lado el de las dos Américas y por otro lado el del supuesto antimericanismo de los españoles. Desde la experiencia de haber seguido in situ la campaña electoral americana, siguiendo actos republicanos y demócratas, asomándome a la maquinaria electoral de ambas formaciones y teniendo -ésto quizás sea lo más enriquecedor- debates con otros profesores y alumnos en la Universidad, tuve claro desde un primer momento que había y hay una evidente polarización en la sociedad norteamericana y también grandes dosis de autocensura y resignación. En uno de esos debates universitarios, un catedrático norteamericano de Ciencia Política argumentaba que: “La sociedad americana está dividida entre los que odian y aman a Bush” y parece evidente que es así. No se trata de un drama, ni de un problema de Estado, pero es así, políticamente hay dos Américas, la América que ama a Bush y la América que lo detesta. Un 60% de los estadounidenses acudió a votar y por un escaso margen el tejano alcanzó la reelección. Cierto es que Bush ha sido el presidente más votado en la historia de la democracia en EE UU, aunque también es cierto que Kerry ha sido el aspirante más votado y que la diferencia entre ambos fue la más estrecha de un presidente reelegido, excepción de la segunda y apretadísima victoria de Wilson en el año 1916. Esos márgenes tan pequeños demuestran que efectivamente hay una polarización como nunca antes la hubo y que el presidente Bush es el eje principal de la misma.

El mapa electoral de los Estados Unidos es absolutamente esclarecedor. Las tendencias electorales son las que son y la tipología del voto es la que es, aunque es cierto que cada vez los porcentajes se reducen más, por ejemplo, cada vez son más hispanos los que votan a los republicanos, aunque la mayoría sigan dando su voto a los demócratas, o el voto por clases sociales, por poner otro ejemplo, empieza a estar muy repartido entre ambas formaciones políticas. Los sociólogos tienen la palabra y mucho trabajo por delante, pero para un simple observador de la realidad política de ese país, resulta evidente que cuando hablamos de las dos Américas podemos introducir, sin temor a equivocarnos, términos claves como son formación, información y desinformación que están íntimamente ligados al ámbito urbano o al rural. José Bono Martínez, actual ministro de Defensa, gobernó durante más de veinte años en Castilla-La Mancha apoyándose en el ámbito rural. Mientras el PP ganaba en las ciudades, caso de Albacete que es el mayor vivero de votos urbanitas de esta comunidad autónoma, Bono arrasaba en los pueblos y aldeas y se mantenía en el poder gracias a una estrategia política basada en el populismo. Bush ganó el partido en el último minuto y lo hizo gracias a los votos rurales de un estado como Ohio, en donde los demócratas obtuvieron la victoria en la ciudad más importante: Cleveland.


Calabazas en Durham (NC)

Las dos Américas no es una tragedia, pero es un hecho y desde luego resulta obvio decir que lo mismo vale el voto de un granjero de Texas que el de un científico de Boston, al igual que también tiene el mismo peso el voto de un agricultor de Salobre que el de un catedrático universitario en Ciudad Real, así es y así debe ser.

Por otra parte, los resultados de las elecciones presidenciales en EE UU han elevado a las alturas al ex presidente del Gobierno y amigo íntimo de George W.Bush, José María Aznar quien no ha sabido contener su euforia, creando problemas, básicamente, a Mariano Rajoy. La última aparición universitaria de Aznar en Georgetown –una universidad privada internacionalmente conocida por su aperturismo, que se ha posicionado como institución a favor del matrimonio entre homosexuales y en donde se ha apoyado abiertamente a Kerry- fue desafortunada por muchas y diversas razones, una de ellas por hablar de antimericanismo en España y en Europa. Partiendo de la base que este tipo de apariciones y manifestaciones públicas son una deslealtad hacia su propio país, algo que, por ejemplo, no se concibe en Estados Unidos, donde no es ni siquiera imaginable pensar en Kerry o Clinton dando una conferencia en cualquier universidad europea criticando abiertamente la política exterior de su país, a partir de esa base, esa afirmación de antiamericanismo no tiene razón de ser.

El antiamericanismo progre de la transición que ahora intenta resucitar Aznar y algunos sectores del Partido Popular, pasó a mejor vida. La sociedad española del siglo XXI no es antiamericana, ni mucho menos, la sociedad española lo único que ha hecho es manifestar su rechazo a un presidente, George W.Bush que fabricó una guerra injustificada que apoyo el anterior Gobierno español, y que se le ha ido completamente de las manos. Las miles y miles de muertes de civiles en Irak, las torturas de Abu Ghraib o el reciente suceso de Faluya que viola la Convención de Ginebra, no son sino muestras evidentes de la sinrazón de este conflicto. Al margen de meteduras de pata puntuales y evitables por parte del Gobierno de Zapatero, ese supuesto antiamericanismo español se circunscribe única y exclusivamente a la crítica a la forma de gobernar de Bush y a su desafortunada gestión del conflicto iraquí.

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