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Un par de reflexiones sueltas sobre el problema catalán (por llamarlo de algún modo), nada profundas ni trascendentales pero de granitos de arena están hechas las playas. La primera reflexión es de índole retórica. Como siempre que estoy en España, estos días he oído y leído referencias al movimiento independentista y a los independentistas catalanes como

aquellos que quieren romper España (…) los que amenazan con desmembrar a España

y expresiones parecidas que vienen siendo parte habitual de la retórica anti-independentista en prensa y medios audiovisuales desde hace tiempo. Son expresiones que ofenden a mi inteligencia y a mi sentido cívico, y de ahí mi breve y muy básica reflexión: se puede compartir o no el proyecto independentista, la forma en que lo está dirigiendo el gobierno de la Generalitat, las tácticas políticas y mediáticas que se están utilizando, se pueden discutir los pros y los contras del anunciado Referéndum del 1-O, las posibles consecuencias del procés, etc. etc. Yo desde luego no lo tengo nada claro, soy escéptico sobre el procés, y en cuanto al referéndum me parece una pésima idea, como explicaré más adelante, pero, ¿no es justo reconocer que el deseo de ser independiente es, en sí, respetable? ¿no es la independencia una aspiración legítima? querer construir un país, ¿no es un afán constructivo? Quienes apoyan la independencia de Catalunya (y no me refiero a los líderes políticos sino a los millones de personas de a pie de toda clase y condición y sobre todo de buena fe, lo hacen porque, equivocadamente o no, quieren lograr algo que consideran positivo, quieren conseguir una mejora, un avance, un estado de cosas más aceptable, una realidad que consideran superior. No lo hacen por un afán de destruir, desmembrar o descoyuntar. No lo hacen por sadismo ni por oscuros revanchismos ni supuestos odios ancestrales.

Escuchando la retórica anti-independentista casi parecería que lo que motiva al independentismo no es lograr la independencia de Catalunya sino fundamentalmente romper España; como si la independencia de Catalunya fuera un efecto lateral del verdadero propósito de destruir España. Se trata de una maniobra retórica que transforma un sentimiento que en principio es legítimo y constructivo en algo torvo, negativo y traicionero. Es la misma táctica que se emplea cuando se ataca a los defensores del matrimonio igualitario como “los que quieren romper la familia”, cuando se desprecia al feminismo como un movimiento de odio hacia los hombres, o cuando se acusa a quienes excavan las fosas franquistas en busca de sus familiares de querer “reabrir heridas” y “destruir la convivencia”. Esa tergiversación, ese darle la vuelta a algo constructivo y rebajarlo, ensuciarlo y despreciarlo en su misma raíz es éticamente vil, intelectualmente torpe y políticamente miope.

Portada del diario ABC

Portada del diario ABC

Mi segunda reflexión es sobre el anunciado Referéndum del 1-O. En primer lugar, espero y confío que no se llegará a hacer, ya que una acción unilateral, con apoyo social y político muy fragmentado dentro de la propia Catalunya, sin respaldo del estado español ni reconocimiento de la UE, la ONU, ni ninguna otra organización internacional ni estado democrático alguno solo contribuiría a aumentar la crispación, cerrar aún más las pocas vías de diálogo que quedan dentro y fuera de Catalunya, y aumentar el riesgo de que la situación escape del control de unos y otros, con resultados imprevisibles. Espero que la Generalitat decida desconvocarlo antes de que el Gobierno central le obligue a hacerlo policialmente. Pero si llegara a hacerse, está bastante claro que ganaría el SI. Como explica este interesante estudio publicado por El Periódico, la razón es obvia: los pro-independentistas son un bloque cohesivo y muy motivado para votar (todo lo contrario que el NO, que engloba a posiciones extremadamente distantes entre sí y con grados de predisposición para votar muy distintos). Es decir, los pro-independentistas irían todos a votar en bloque (como ocurrió el 9-N) mientras que los partidarios del NO se dividirían entre votar NO y abstenerse. Como explica el artículo, a los anti-independentistas les saldría más a cuenta abstenerse en bloque, ya que con un índice de participación muy bajo la victoria del SI tendría mucha menos fuerza moral, tal como ocurrió en el 9-N, en el que la victoria del SI frente al NO por 80-20 quedó más que deslucida al ser la participación solo de un 37%. En cambio, si una buena parte de los anti-independentistas votase, paradójicamente ayudaría a dar más legitimidad a la victoria del SI, ya que no se podría decir que solo los pro-independentistas votaron. Por eso, no es casual que los promotores del referéndum estén llamando tan activamente a la participación y animando explícitamente a los defensores del NO a votar, porque entienden que cuanto mayor sea la participación , más peso y credibilidad tendrá la victoria del SI … oh, paradoja!

Pero, ¿y si ganase el NO? aunque remota, esa es, en mi opinión, una inquietante posibilidad. Una victoria del SI entraría dentro de lo normal, lo esperable, lo que encajaría en la lógica del guión del procés. Pero si ganase el NO, es bastante evidente que las fuerzas del centralismo más intransigente, PP-Ciudadanos a la cabeza, tratarían de vender el resultado como un respaldo a su posición y como un mandato popular para declarar muerta toda ilusión o posibilidad de cambio, renegociación o reforma. Naturalmente que votar NO es una opción absolutamente legítima que puede venir motivada por razonamientos e intereses muy diversos: se puede votar NO a la independencia porque se prefiere una reforma constitucional, una renegociación del estatuto, la negociación de algún otro tipo de estatus especial o de engarce de Catalunya en España. Pero me temo que esos matices se perderían, y una victoria del BI sería monopolizada por el inmovilismo, con efectos también imprevisibles.

Lo que parece claro, para mí al menos, es que convocar un referéndum en este momento equivale no solo a empezar la casa por el tejado, sino a empezar la casa sin arquitecto, ni albañiles, ni planos, ni materiales. Primero hay que explorar las opciones, dialogar, negociar, alcanzar acuerdos de base. En algún momento indudablemente se tendrá que hacer un referéndum (ya no parece imaginable avanzar hacia una solución legítima, democrática y con posibilidades de estabilidad que no pase, llegado el momento, por un referéndum), pero antes de eso hay que diseñar los planos, construir proyectos alternativos, aclarar cuáles son las opciones, especialmente aquella variedad de opciones que hoy por hoy quedan englobadas (y ocultas) bajo ese NO tan engañosamente simple, negativo y sujeto a toda clase de manipulaciones.

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