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Raúl TrevéAlgunos lectores de Eurogaceta ya habrán pensado que estoy en contra del esfuerzo, de la innovación, de la realización personal, de la creación de empleos y de riqueza… pues no, no se trata de eso, lo que ocurre es que estoy convencido de que en realidad cuando hablamos de emprender y de ese palabro, emprendedurismo, no estamos realmente hablando de nada de lo mencionado. Intentaré explicarme.

La década de crisis que estamos a punto de celebrar ha devorado derechos sociales con una eficacia científica, es la “acumulación por desposesión” de la que habla David Harvey actualizando la “acumulación primitiva” de Karl Marx. El capitalismo, como sistema y como proceso, necesita eliminar barreras a la acumulación y a la concentración de capital. En esta ocasión, para intentar superar la crisis y continuar su escapada hacia adelante, entre otras cosas ha debilitado los sistemas públicos de atención sanitaria y educativa para desbrozar el camino a las empresas privadas de esos sectores. No menos importante ha sido la desregulación laboral para abaratar los costes salariales y debilitar hasta la extenuación la capacidad de negociación y acción colectiva de los trabajadores.

Se está haciendo realidad una máxima triste: de la crisis no se sale, nos acostumbramos a ella.

Pero, ¿cómo ha sido esto posible, cómo a pesar de ciertos estremecimientos la mayoría de la población sigue aceptando esta realidad o al menos no concibe como posible una alternativa? Los cambios en el terreno económico y en la vida material de la población nunca se producen sin variaciones en las concepciones de esa realidad, es decir sin que varíe ese tan manoseado “sentido común”. Si en el campo de lo económico se enfrentan intereses antagónicos –no en balde los años más duros de recortes coinciden con una explosión en la convocatoria de huelgas y manifestaciones-, en el de las concepciones mentales ocurre lo mismo, pero la desigualdad de fuerzas es incluso mayor. Se trata de la lucha entre naturalizar unas relaciones socialmente construidas y con ello evitar que cualquier alternativa sea vista como posible y deseable y la construcción cultural de esa misma alternativa.

Si el empleo estable, con derechos y condiciones dignas, se convierte en un animal en peligro de extinción, si las antiguas y pequeñas seguridades de nuestro subdesarrollado estado del bienestar se esfuman, si las promesas de ascenso social, antaño plasmadas en el sueño de una vivienda en propiedad y un consumismo financiado a crédito, se convierten en una pesadilla, si se generalizan ciertos cambios en valores y actitudes sociales, si en consecuencia lo hasta ayer impensable se convierte en posible, entonces, para el sistema es el momento de reinventar un imaginario capaz de mantener un consenso que se debilita y resquebraja. Esto, del mismo modo que por ejemplo una reforma laboral, no se hace sin resistencias y sin que se despliegue algún tipo de oposición. Eso es algo que llevamos tiempo pudiendo observar.

En el intento de reconstrucción del consenso alrededor del sistema vigente, el llamado emprendedurismo está llamado a jugar un papel destacado –como lo está siendo el término populismo en sentido contrario. Podríamos decir que emprender/emprendedor era un significante vacío, de hecho era un término poco común hasta hace unos años. Primero se usó en inglés para forjar los mitos fundacionales de las grandes multinacionales de la industria digital -de ahí lo tomamos en castellano-, poco más que la reinvención del cuento del hombre hecho a sí mismo, la quimera del capitalismo que promete que cualquiera si trabaja lo suficiente puede enriquecerse escondiendo la realidad de la concentración del capital y la explotación laboral y medioambiental. Después, cargado con ese imaginario, se fue extendiendo su uso, desde los proyectos basados en la innovación científica a cualquier intento personal o de grupo de poner en marcha un proyecto económico. Finalmente los autónomos, los trabajadores precarios a los que prometen mejoras e incluso los parados que buscan trabajo concienzudamente se convierten en emprendedores o víctimas del emprendedurismo.

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Viñera de Perich en la revista Por Favor (1977)

La gran victoria de esta estrategia –inclusión en el sistema educativo incluida– reside en la falta de un adversario, casi no se discuten la bonanzas del emprendimiento -¡quién va a estar en contra del esfuerzo, la innovación, la realización personal, la creación de empleos y de riqueza! No hay una batalla alrededor de este concepto, es difícil llenarlo de valores negativos y de momento aún más complicado apropiárselo en un sentido diferente al descrito.

Con un éxito notable, el palabro se utiliza ahora para justificar, hacer respetables e incluso deseables situaciones hasta hace poco mucho menos comunes y que se han convertido en la única alternativa para grandes sectores de la población. Contratos de pocos días, jornadas laborales interminables, sueldos de miseria, autónomos a los que les piden trabajar en exclusividad para una única empresa, meses sin cobrar, negociación individual donde antes era colectiva…

Es un proyecto emprendedor, todos tenemos que arrimar el hombro”, “eres un emprendedor, el esfuerzo merecerá la pena, ya mejorarán las condiciones

Parecían palabras inofensivas y se están convirtiendo en la coartada sociocultural y psicológica de la precariedad, la explotación y la autoexplotación. Pero si la estrategia discursiva alcanza sus últimos objetivos, y aquí reside el mayor peligro, lo del emprendedurismo incluso se convertirá en un espejo negativo para aquellos arrojados a los márgenes del sistema, que pueden acabar siendo culpabilizados -incluso autoculpabilizándose- de su situación por falta de ambición e iniciativa.