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Antonio MiguelCada vez que me planto frente a una hoja en blanco porque creo que tengo algo interesante que decir, siento que las cosas se han puesto de tal manera que antes de publicar nada es necesario realizar una acto laico de contrición.

Eso que Alfonso Guerra explicara recurriendo a una certera imagen inquisitorial: «En España, antes de decir nada, hay que quemarse en la plaza pública». Lamentablemente, así es. Si defiendes que la desigualdad social es insoportable y que hay que cambiar el régimen fiscal para gravar más a quien más tiene, alguno de derechas cogerá el rábano por las hojas y solo subrayará la contradicción en la que vives porque tienes una casa en propiedad (aunque hipotecada) y vives sin estrecheces. Si escribes que hay que derogar la reforma laboral o que te solidarizas con los más desfavorecidos, alguno de izquierdas se quedará mirando el dedo y te menospreciará llamándote pequeño burgués porque eres funcionario, no has conocido la tragedia del desempleo y tampoco has pasado cuarenta horas recogiendo aceitunas por cuatro duros. Si denuncias el tratamiento inhumano que reciben los palestinos de Gaza, alguien te recordará Auschwitz y te acusará de anti-semita. Si dices que los del Daesh son unos bestias, otro te reconvendrá porque padeces islamofobia y no consideras el imperialismo yankee. Si planteas que quizás –solo quizás–el abuso del adjetivo terrorista (o ahora populista) merma su potencia descriptiva, te increparán por ser un chavista convencido. Si proyectas tus dudas sobre la conveniencia de quemar la bandera, unos se querellarán contigo y otros te aplaudirán; y si, en el párrafo siguiente, precisas que el singular es abstracto y que te refieres a todas las banderas, entonces los que te aplaudían te repudiarán por españolista. Si comentas algo sobre el techo de cristal, la violencia machista o la necesidad de feminizar el mundo y ¡ay! no has medido con pulcritud alguna de tus frases, alguien te recordará tu condición de hombre e invalidará el resto del mensaje. Si subrayas que los países latinoamericanos son violentos, alguien te hará sentir un colonialista porque tus compatriotas saquearon América Latina hace 500 años. Si cuentas que te impresionó «Persecución», alguien te hará caer en la cuenta de que eres un payo y que no puedes sentir la profundidad que le imprimió el Lebrijano. Si te aventuras con la diversidad de prácticas sexuales y alguna de tus frases deja entrever tu heterosexualidad, alguien te recriminará que estás obscurecido por el hetero-patriarcado y reprimido por la moral católica. Si comentas que los toros son un espectáculo cultural, algunos animalistas desearán tu muerte. Si explicas que la televisión aturde las conciencias o criticas que los sueldos de los futbolistas son un insulto a toda la sociedad, algunos te reprocharán tu intelectualismo. Y si, ¡ay de ti!, olvidas utilizar un indefinido para suavizar la totalidad, te corregirán la generalización y nadie hará ningún esfuerzo por entender los argumentos.

Por todo esto, pido público perdón por ser cromosómicamente de sexo masculino (lo digo así para no reducirme a la construcción cultural de hombre) y de fenotipo caucásico (blanco de piel, de ojos azules y aunque de profusa escasez, rubio de cabello). Pido perdón también por haber sido educado como heterosexual y católico en una familia tradicional con un padre maestro de escuela y una madre que cumplió a la perfección y hasta el fin de sus días, el papel de sumisión que le habían asignado. Pido perdón por haber sido criado en una familia en la que aprendimos a adaptar nuestras peticiones a nuestras posibilidades económicas, a hacernos hombres y mujeres de bien y a ver natural que estudiaríamos una carrera universitaria. Debo pedir disculpas también porque todas estas afortunadas circunstancias me alejaron del trabajo manual temprano y me permitieron desarrollar unas capacidades intelectuales que me han facilitado obtener, mediante concurso público de méritos, una plaza de funcionario y cumplir el deseo de mis padres y mi vocación: ser maestro. Es importante que pida perdón también por haber nacido en una tierra –Andalucía– cuyo sentimiento identitario lo dista todo del paroxismo fundamentalista. Y pido perdón porque al ser andaluz tengo, en consecuencia y de momento, la nacionalidad española… ¿y la europea? (Mariano Rajoy dixit); por lo que también pido disculpas ya que eso me responsabiliza de todas las barbaridades cometidas en nombre del espíritu civilizador de occidente durante los últimos 1.000 años.

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Mafalda y Felipe | QUINO

Para bien o para mal no podemos prescindir de las categorías. De hecho, organizamos el mundo con ellas y nos relacionamos con personas y cosas en función de las categorías en las que las situamos. Además, como analizó Lévi-Strauss, los grupos humanos mostramos una especial inclinación por las dualidades en eterna y complementaria oposición: yin/yang; bien/mal; crudo/cocido, etcétera. Aunque es comprensible que dada la saturación de información que recibimos por canales tan diferentes –desde la urgencia que demanda el guasap o el tuiter hasta la serenidad que requiere la lectura de los grandes semanarios internacionales–necesitemos simplificar para ahorrar neuronas, enfados y dolores de cabeza. «No discutas con un imbécil, te llevará a su terreno y allí tiene mucha más experiencia que tú», recomendaba Mark Twain más o menos con estas palabras. Para lograr esto son imprescindibles las categorías.

Sin embargo, lo que me preocupa no es la existencia de categorías para organizar nuestra relación con el mundo, sino la imposibilidad que seguimos demostrando para superarlas e impedir que su función instrumental –es decir, su utilidad para organizar nuestra relación con todo lo que ocurre– sea afectada por su etiqueta. O dicho de manera más pedante, nuestro empecinamiento en hacer que la contingencia del juicio moral de las etiquetas (en tanto que productos históricos) subsuma la necesidad que tenemos de las categorías como herramientas cognitivas.

Me parece intelectualmente pobre que el carácter descriptivo y funcional de las categorías (hombre, heterosexual, europeo, español, funcionario, payo, cristiano, etcétera) sirva para inhabilitar aquellas ideas que no buscan la confrontación sino el diálogo. En buena parte de los discursos públicos, se suplanta de manera intencionada la función descriptiva (categoría) por su juicio de valor (etiqueta) como sí, de verdad, existiese una responsabilidad moral que trascendiera el tiempo y la distancia. De tal modo que, en el summum del delirio, no es extraño oír insensateces que cargan a los individuos de unas culpas que le preceden, como si acaso estas existiesen más allá de sus circunstancias históricas y se heredasen de una generación a otra o se trasladasen de un lugar a otro: es como si acaso un andaluz de hoy tuviese algo que ver con el bombardeo de Barcelona de 1714 o un refugiado sirio-musulmán fuese responsable de la destrucción de los buda de Bamiyán por los talibanes. La rutina de atribuir responsabilidad moral a la etiqueta social en función de su categoría descriptiva («todo p es q»), resulta inhabilitante porque impide cualquier posibilidad de entendimiento.

La solución momentánea que hemos encontrado de zafarnos de este laberinto, es implantar lo políticamente correcto inventando vocablos y enredándonos de manera absurda con la concordancia gramatical. Porque si la dualidad nosotros/ellos pudo servir en los siglos anteriores para ordenar el mundo, hoy, cuando la tecnología ha acortado la distancia y por tanto también el tiempo, las diferencias están todas aquí. Todos somos nosotros y a la vez, todos somos ellos.