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Antonio MiguelHablaba en la anterior columna (I) que existe una tendencia filosófica conocida como intelectualismo moral, que vincula el saber (conocimiento) con el actuar moralmente, de modo que cuanto de mayor calidad sea ese conocimiento, mejor se podrá actuar y más legitimadas estarán las acciones que se tomen. Esta nueva versión del intelectualismo moral simplifica la calidad del conocimiento (…) recurriendo a la profusión de términos y autores provenientes de la ciencia política, y de estéticas y metáforas de una cultura “hiperindustrial” —en el sentido de Bernard Stiegler— con las que se piensa la acción política y que permean de manera imperceptible en una sociedad que observa, de manera perpleja, que los problemas reales se someten al vacuo discurso de los medios y los índices de audiencia.

Lejos de verse debilitada, esta falacia encuentra un campo de expansión en la sociedad del espectáculo y las enormes oportunidades que abre las tecnologías de la comunicación y la información para usurpar posiciones ideológicas que ocupan el PP –caso de C’s y sus fundadores– y PSOE e IU –caso Podemos y los suyos. En ambos casos se recurre a la única fuente que puede crear nuevos referentes en la cultura de masas: la televisión y las redes sociales. Pero claro, para validar la utilidad de la constante e infantil recurrencia, por ejemplo a series de televisión, para explicar el suceder cotidiano, es necesario legitimar la vacuidad del discurso afirmando que el obrar no deviene del mundo de ideas morales localizadas en un eje izquierda-derecha, sino del conocimiento científico-político que se tiene de los problemas de la sociedad: de ahí ese halo de cientificidad y soberbia intelectual que desprenden los discursos de la nueva política. Sin embargo, tomar por real lo que pertenece al mundo de las imágenes, ideas y conceptos (p.ej. juego de tronos) creadas por el espectáculo es una falacia lógica (1) muy extendida entre una intelectualidad que se ufana de serlo.

Esto ocurre hoy, según yo lo entiendo, porque los referentes trascendentales de libertad, fraternidad, igualdad, justicia y unidad de España, están encuadrados en unos principios morales más o menos sólidos y, sobre todo, YA son defendidos por los partidos tradicionales. Por este motivo, los nuevos partidos encuentran que la única alternativa para ser novedosos en el discurso pasa por recurrir a una moral de tipo normativo que, según la tipología de Jean-Paul Sartre, es aquella que se fundamenta en la media que ofrece la estadística: o dicho de otro modo, es bueno aquello que hace la mayoría de las personas. En este sentido, desaparecida la posibilidad de que pueda existir una moral trascendente (es decir, que no esté sujeta al devenir histórico de las sociedades) o ideas políticas distintas a las que ya aparecen en el programa de algún partido tradicional, lo que prevalece es la idea de una moral transitoria que al carecer de referentes externos o trascendentales, se vuelve necesariamente una moral inesencial y por tanto, mutable: ayer comunista, hoy socialdemócrata, aquí patria, allí nacionalista, ayer anti-OTAN, hoy con un ex-JEMAD de cabeza de lista, etcétera.

Y es en este panorama de intrascendencia moral y de sometimiento a la media estadística como guía de la toma de decisiones, donde aparece el conocimiento para-científico en su versión más espectacular: las encuestas electorales; y su consecuencia más directa tras el 26-J: la justicia poética.

Pues bien, para no extender esta columna más allá de las 800 palabras, e ilustrar mejor la manera en la que el afán de construir nuevas ideas y nuevos espacios políticos desde la “miseria simbólica” –como la llama Stiegler–que profiere el intelectualismo moral en una sociedad espectacular pondré, paradójicamente y a propósito, un breve ejemplo de esta misma sociedad del espectáculo.

El Roto

Viñeta de El Roto para el periódico El País, 28 junio de 2016. | El País

No recuerdo haber oído a Ramón Trecet, aquel monstruo de las ondas que en los ochenta introdujo el baloncesto en nuestras vidas, comentando los partidos de los Harlem Globetrotters aplicando el reglamento de la NBA. Tampoco imagino a los Bulls de Jordan, los Lakers de Magic, o Antonio Díaz Miguel al frente de la legendaria selección del 84, adaptando sus tácticas deportivas a las acrobacias de los Globetrotters. Porque de la misma manera que solo un inconsciente pretendería ganar unas olimpiadas siguiendo a pies juntillas los malabares de los Harlem Globetrotters, ninguna persona que aspire a gobernar un país como España puede pretender rellenar los “significantes vacíos” no desde los principios morales de unas sólidas ideas políticas, sino según le vayan dictando los sondeos pre-electorales y las medias estadísticas.

Las empresas demoscópicas, cualquier investigador social con un mínimo de rigor lo sabe, son a los estudios científicos lo que los Globetrotters al baloncesto. Un espectáculo pagado por los propios medios de comunicación con los que rellenar las ediciones de los periódicos y las infinitas horas de televisión con el momentáneo filón del entretenimiento político (auguro que pronto veremos cómo decae este género). Sin embargo, la gran diferencia entre las empresas demoscópicas y estos profesionales, es que los Globetrotters saben que actúan por dinero y son conscientes de que, salvo para los incautos que como yo creíamos que no jugaban en la NBA porque eran demasiado buenos, nadie los tomaría como referentes serios del baloncesto si lo que se quiere es ganar una medalla de oro olímpica. Pues eso.

(1) Contra la falacia de las concreciones fuera de lugar ya nos previno Alfred Norton Whitehead en 1925].