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orsFuimos unos cuantos los que tuvimos el placer de leer el libro de Gregorio Morán, El cura y los mandarines, Historia no oficial del Bosque de los Letrados, Cultura y política en España 1962-1996, publicado por Akal en 2014 porque Planeta se echó atrás por no cabrear a la Real Academia de la Lengua, “entidad tradicionalmente nepótica, machista, prepotente, nacionalista, conservadora, católica y clasista”, pág. 765. Y descubrimos, por mucho que pudiéramos barruntar, barbaridades sin cuento. Por citar algunas inolvidables, que un cura gay que acabó consumando el mayor braguetazo de la historia contemporánea de España, el tal Aguirre, acabara de paso siendo académico de la RAE sin haber escrito ni un mal prólogo, cuando María Moliner fue rechazada en dos ocasiones por, al parecer, no reunir méritos literarios suficientes. Me gustó mucho también que un excelente novelista y psiquiatra como Luis Martín Santos fuera a una oposición esposado, con muy pocas, lógicamente, opciones para obtener la plaza o que un malnacido como Manuel Fraga Iribarne además de hablar de tomaduras de pelo refiriéndose a las últimas mujeres españolas que fueron rapadas como consecuencia de las huelgas mineras en Asturias del año 1962, fuera capaz además de escribir un número entero de Mundo Obrero para consternación de los lectores que pudiera encontrar.

Portada del libro de Ignacio Sánchez-Cuenca

Portada del libro de Ignacio Sánchez-Cuenca

Pues bien, aún no recuperado del marasmo moral que me dejó el libro, resulta que acabo de leer el libro estrella de este año de Ignacio Sánchez-Cuenca: La desfachatez intelectual, escritores e intelectuales ante la política, publicado por Catarata. La tesis del profesor de la Universidad Carlos III es que un intelectual con buena firma se puede permitir el lujo de decir tonterías al más alto nivel y además sin factura alguna: grandes escritores pero pésimos opinadores. Utiliza expresiones tales como “machismo discursivo”, “matonismo verbal, “puro opinionismo”, “demagogia antipolítica” (Pérez Reverte: “Somos un país de golfos y de gilipollas: Por cada golfo, 100.000 gilipollas”), “el nombreo” (citar a tipos cuanto más raros mejor). En definitiva, prensa “tronitronante”, la cultura del “claro” y del “hay qué” (reformar la justicia, la educación, la sanidad y el balonmano si se tercia).
Citaré solo la que me ha parecido la más importante barbaridad. Tiene que ver nada menos que con nuestro, casi, premio Nobel, Mario Vargas Llosa. Sin duda, uno de los grandes literatos del siglo XX y, al mismo tiempo, capaz de escribir en El País (que encima se lo publicó), lo siguiente:

(…) la vamos a echar mucho de menos. Todos. Los que, como yo, la admirábamos y nos hubiera gustado verla llegar a la Presidencia del Gobierno, convencidos de que, con ella al frente, jamás se hubiera hundido España en una crisis como la que hoy padece

El lector habrá adivinado que la melancolía del novio más famoso de la España actual tiene que ver con Esperanza Aguirre. Efectivamente, el artículo llevaba por título, “Aguirre, esa Juana de Arco liberal” y fue publicado por El País en septiembre de 2012.
Vivir en un país que ofende a la inteligencia me lleva a terminar recomendando que alguien pierda unos minutos de su tiempo y entre en la web del KKK. No digo la dirección virtual porque no hace falta ser ingeniero para adivinarla. Encontrará el pensamiento político de Esperanza Aguirre perfectamente resumido en los 10 mandamientos del Klan. Eso si no lo han cambiado, que tampoco va a entrar uno en esos sitios cada dos por tres.

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