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raulMientras en el Mobile World Congress se daban cita algunas de las multinacionales del sector de las nuevas tecnologías, un puñado de trabajadores de subcontratas de Telefónica llegaban al Mobile Strike Center, meta barcelonesa del Correscales 2016.

Correscales 2016 ha sido una iniciativa de los huelguistas que durante 2015 mantuvieron un pulso de ochenta días con Telefónica. Esa huelga será recordada como un punto de inflexión en los conflictos laborales del siglo XXI, trabajadores de subcontratas y falsos autónomos, a pesar de la fragmentación que supone este modelo productivo fueron capaces de organizarse frente a quien realmente cuestionaba sus derechos.
Pero la lucha no acabó con el fin de la huelga, de esa intención de continuidad nace Correscales 2016, durante cuatro días, desde el 18 hasta el 22 de febrero los activistas de la que ya se conoce como Marea Azul recorrieron más de ochocientos kilómetros, desde Bilbao hasta Barcelona, una carrera de relevos que tenía como objetivo recaudar fondos para liquidar la deuda de la caja de resistencia que hizo posible la huelga de 2015. Además a lo largo de su ruta han alimentado la solidaridad a través de encuentros, charlas y debates.

La huelga de 2015 y las acciones de Correscales 2016 nos permiten pensar tanto sobre las transformaciones en el sistema productivo y sus repercusiones en el resto del cuerpo social, como sobre las nuevas herramientas y posibilidades en la construcción de resistencias.

El siglo XX fue fordista en lo productivo, grandes plantillas fijas de trabajadores que compartían condiciones y experiencias, también lo fue en el plano de la reproducción social y especialmente en el de la comunicación, grandes audiencias que compartían la recepción de mensajes (no la descodificación, aunque de eso hablaremos en otra ocasión), pero que también compartían espacios públicos e instituciones. Las herramientas de creación de consenso actuaban sobre el cuerpo social, especialmente sobre las clases subordinadas de forma eficaz, pero al mismo tiempo estos grupos contaban con algunas ventajas a la hora de organizar resistencias: reconocimiento como miembros de un mismo grupo social, espacios y situaciones vitales compartidas, redes de comunicación formales e informales eficaces.
Huelga movistarAcción durante la huelga de 2015.

Sin embargo, el siglo XXI ya es casi totalmente toyotista -y en España, dadas las características de nuestro sistema productivo, fundamentalmente precario: pequeñas plantillas fluctuantes que se ajustan a las necesidades del ‘justo a tiempo’ de la empresa, en muchos casos directamente subcontratadas o empleadas como falsos autónomos. Telefónica es sólo un ejemplo, pero la práctica la sufren sectores tan diferentes como el agrícola, el periodístico o el industrial. La fuerza de trabajo ha sido, en España, el último factor en ‘adecuarse’ a este sistema. Las últimas reformas laborales pretendían convertir en realidad legal las necesidades y exigencias de un sistema económico que necesita una velocidad de rotación muy alta para conseguir suficientes tasas de beneficio. Desaparecen los stocks de productos y desaparecen los stocks de trabajadores que entran y salen, se contratan y despiden en estricta función de las necesidades productivas, como si se tratase de cualquier otra materia prima que se pide sólo en función de los requisitos de cada momento. El evidente aumento de los contratos temporales, flexibles y/o por breves periodos de tiempo es la prueba irrefutable de que este sistema que llevaba tiempo implantándose en España ya casi ha sustituido por completo al tradicional modelo fordista.

A este sistema productivo se ajusta perfectamente un modelo comunicativo basado en audiencias fragmentadas, ausencia de referentes comunes, surgimiento de innumerables fracciones en función de la posición de estatus o capital social. Las clases dominantes siguen controlando la mayoría de canales de comunicación, pero ahora las clases subordinadas tienen muchas más dificultades para encontrarse, reconocerse y articular respuestas de resistencia pues los espacios físicos compartidos se ha reducido considerablemente y las instituciones que fueron seña de identidad casi han desaparecido. Internet lo cambia todo me dirán, la comunicación se hace omnipresente, la información se multiplica, se construyen redes, se encuentras los intereses, sí es cierto, pero también se agranda la desigualdad provocada por la brecha digital, se forman guetos políticos que crean una falsa sensación de consenso, se favorece la microfragmentación de los grupos, la manipulación y la simplificación de la información se convierten en moneda común a la búsqueda de clics.

Y sin embargo, el nuevo trabajador precario necesita, busca y en ocasiones encuentra nuevas formas de lucha en las que las redes virtuales son una herramienta fundamental, pero no la única. El ejemplo de Correscales 2016 anticipa las luchas laborales por venir y certifica que algunos antagonismos siguen vigentes.