EUROGACETA EN LA BLOG ZONE DE PERIODISTA DIGITAL

En noviembre de 1938, después de que un joven judío asesinara a un diplomático alemán en París, todas las sinagogas de Alemania fueron incendiadas, se destrozaron los escaparates de los comercios judíos y se arrestó a miles de ellos. Este suceso, conocido como la Noche de los cristales rotos (Kristallnacht), fue la señal para que la población judía de Alemania y Austria abandonara estos países con la mayor rapidez posible. Varios cientos de miles de judíos encontraron refugio en otras naciones, otros muchos, con menos posibilidades económicas, permanecieron para hacer frente a un futuro incierto

El 17 de diciembre de 1938, en Breslau (entonces Alemania, ahora Polonia), una familia alemana, miembros del Partido Nacionalista Socialista (nazis) acude al Hospital Central con su hijo enfermo, está nevando. Las enfermeras conducen a la familia Müller a la habitación 571, allí debe quedar hospitalizado el joven Franzt hasta que le operen de una apendicitis. De repente, la madre de Franzt levanta en colera, empieza a gritar como una posesa y le dice a las enfermeras que su hijo nunca entrará en esa habitación. ¿El motivo?… en la cama conjunta estaba ingresado un niño judío que se llamaba Israel y que iba a ser operado también de apendicitis.

Sesenta y siete años después, una familia española, de clase media, acude al Hospital General de Alicante para ingresar a su hijo Carlos que deberá ser operado de apendicitis. Carmen, la madre de Carlos, es guiada por una enfermera hacia la habitación 571 que deberá ocupar su hijo. Se asoma a la puerta y, de repente, sin mediar palabra, pega un salto hacia atrás. En el interior de la habitación una mujer musulmana, muy guapa y elegante, hace sus rezos; al lado está su marido, callado, sentado en una silla, y en la cama postrado está su pequeño Mohamed que descansa en las vísperas de una operación de apendicitis. Carmen comienza a gritar, como asustada, y le dice a las enfermeras que su hijo "jamás entrará en esa habitación con esa gente". El personal sanitario intenta hacer entrar en razón a la mujer española, pero ésta se niega en rotundo y pide la presencia del supervisor o del director: "Mi hijo no entra en esa habitáción, me niego", concluye la mujer. Mientras tanto, la familia musulmana vive en silencio la humillación, resignados a su pecado de ser musulmanes. Están callados, no dicen nada, simplemente se miran.

Los Calabuig son realojados en otra habitación. Le preguntó a la enfermera si los inquilinos de la 571 además de musulmanes son alguna otra cosa, ¿terroristas quizás?… la enfermera tarda en captar la ironía y me dice cargada de razón que: "Sólo son musulmanes y además son muy buena gente"…, "claro que son buena gente", le respondo, "quienes no son trigo limpio son los Calabuig", le añado. Al contrario que los Múller, la familia de Carlos, los Calabuig, no militan en ningún partido, simplemente militan en el partido de la ignorancia, de la televisión basura, de mala educación, de la intolerancia, en el partido de los necios, una formación política que ganaría por mayoría absoluta unas elecciones en España ahora mismo. Todo esto me produce escalofrios, me da miedo…