EUROGACETA EN LA BLOG ZONE DE PERIODISTA DIGITAL

Son las ocho de la mañana, llueve y graniza torrencialmente sobre la ciudad de Alicante. Estamos citados en Consultas Externas Pediátricas para una radiografía primero y una revisión con el traumatólogo después… poca cosa, nada como para pensar que el día iba a ser especial, muy especial. Mientras aparco el coche, frente a la puerta de Urgencias, apenas a 50 metros del recinto hospitalario, un chaval, de no más de once años, de raza gitana, inhala pegamento en una bolsa, su madre reclama su atención y el niño la ignora y la insulta. Parece herido de una pierna. Son las 8,30 horas ya tenemos la placa (radiografía) en nuestro poder, nos dicen que nos avisarán y que tomemos asiento en la sala de espera.

La sala de espera de Consultas Externas Pediátricas del Hospital General Universitario de Alicante podría perfectamente ubicarse imaginariamente en un país africano. Aquella indicación amable del celador, sugiriéndonos que nos sentaramos, era un imposible porque ese microespacio estaba absolutamente saturado. En apenas 60 metros cuadrados, se hacinaban más de doscientas personas. Era tal la aglomeración que muchos padres, madres y niños ocupaban los pasillos adyacentes, sentados por el suelo, tumbados algunos de ellos. Listado en mano, una valiente auxiliar de enfermería (sólo una) luchaba contra el caos, como El Quijote luchaba contra los molinos manchegos… todo una heroicidad no carente de riesgos. Es el caso del niño del pegamento, absolutamente desquiciado, con una pierna rota, malherido, que irrumpió en aquel funesto habitáculo, cargando su ira, su desesperación y su profunda ignorancia contra aquella estóica auxiliar que nunca tuvo el apoyo de los allí presentes, ni de los doctores que ocupaban aquellos mugrientos despachos.

Son las 12 de la mañana y conocemos a Ángela, una venerable anciana que fuera profesora de inglés en otros tiempos y que comparte unos minutos con nosotros, parloteando el idioma de Shakespeare, jugando y cantando… una especie de Ángel, un soplo de aire fresco. Todo sigue igual, la atmósfera está cargada, cada vez hay más gente, algunos adultos fuman en un recinto donde a la entrada se puede leer un letrero en valenciano que reza: Sala de Jocs (sala de juegos). El niño del pegamento grita y amenaza a todo lo que se mueve, el humo se asoma desde esa sala de juegos que ya no lo es, los llantos y la inquietud de los pequeños va en aumento porque son muchas horas de espera en un sitio no apto para niños. Más madera, un chaval de unos 13 años, alentado por su madre, con síntomas evidentes de embriaguez, golpea con saña una máquina expendedora de chocolatinas, el motivo de tal arrebato de violencia injustificada es que la máquina se ha quedado con cinco céntimos del cambio. Por primera vez en toda la mañana, aparecen varios guardias jurados y el señor responsable de la difunta máquina expendedora que con asombro se lleva las manos a la cabeza. Justo a mi lado, el adolescente de marras comenta con un colega: "¿qué pensabas que no me iba a salir con la mía?…. a mí nadie me roba cinco céntimos que jodan a la máquina y a todos esos hijos de puta".

Va para cinco horas que iniciamos este apasionante viaje por Consultas Externas Pediátricas del Hospital de Alicante. La enfermera nos reclama. Les pido dos minutos de su tiempo para comentarles a ella y al médico que la situación me parece caótica, vergozante y abusiva para el paciente. El traumatólogo tiene ganas de hablar, me dice que hay dos expedientes abiertos en la Dirección General de Salud de la Generalitat Valenciana, reconoce que están desbordados y que no trabajan en las condiciones ídóneas, pero añade que la Dirección del Hospital no hace nada para evitar este problema conocido. Precisamente la Dirección del Hospital de Alicante está en la misma planta que Consultas Externas Pediátricas, en la primera. Las salas de rayos X y la máquina destrozada por el vándalo de las patadas separan dos mundos sanitarios diferentes, el mundo del gestor y el mundo real. El malestar entre el personal sanitario es evidente, una de las enfermeras trabaja a destajo, dice que necesita ir a Urología (al baño) porque en toda la mañana no ha parado un minuto. Parece una profesional contrastada y cabreada… literalmente afirma: "Aquí sólo se arreglan las cosas cuando las denuncia la prensa y casi nunca se denuncian(…), en cuanto lleguen las tres yo me largo, así no se puede seguir".

Momento mágico, casi las tres de la tarde y el traumatólogo nos vuelve a llamar porque ha tomado una decisión. Nos indica, tras casi siete horas de penurias en aquel lugar infame, que debemos dirigirnos a la planta quinta para proceder al ingreso… todo acabara en el quirófano. Al margen de la decisión médica que acatamos estóicamente, le pido otro par de minutos a este otro traumatólogo para hablar de política sanitaria. "Estoy perdiendo la fe en el sistema público de salud", le digo, él agacha la cabeza y no contesta; "¿todos los días tenéis este espectáculo del caos?", le pregunto, y la respuesta es demoledora: "absolutamente todos los días y ahora, por favor, no puedo perder más tiempo, debo seguir atendiendo pacientes".

Ingreso y recuperación de la fe

Son las cinco de la tarde, procedemos al ingreso en la quinta planta, estamos justo al lado de Oncología Pediátrica. Varias enfermeras nos reciben, se deshacen en amabilidad. Es un lugar tremendamente duro y a la vez tremendamente mágico y lleno de amor. Acudo un instante a un mostrador para cerrar el trámite del ingreso y al final de un pasillo inmenso veo a cuatro personas sentadas en el suelo. Deben ser una familia, tienen edades comprendidas entre los 27 y los 50 años, están sentados haciendo un corro, tienen las manos unidas unos con otros y están rezando. Luego de regreso a la habitación, en otro pasillo, conocemos a Juan, tiene 12 años, perdió a su madre por un cáncer hace tres años y hoy ha ingresado en el Hospital porque tiene un tumor cerebral y debe ser operado de urgencia. La dulzura con la que el médico charla ocasionalmente con Juan propicia una sonrisa de éste. Son gestos de humanidad, situaciones reales que vuelven a inyectarme la fe perdida en el sistema tan solo unas horas antes. Son, en suma, y aunque no le guste al Papa Benedicto, situaciones que profundizan en el relativismo que invade mi espíritu.

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