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Las imágenes de la vergüenza (Melilla Hoy)

Ciertamente, el noble arte de la política, en días como hoy, por mucho que a uno le llegue a apasionar, más que otra cosa produce nauseas, asco. Resulta nauseabundo ver lo que está sucediendo en Ceuta y Melilla, estamos siendo apertura de periódicos e informativos de radio y televisión de todo el mundo y lo estamos siendo por una situación vergonzante, no sólo para España, sino para toda Europa y, en defintiva, para todo el rico Occidente. Resulta asqueroso comprobar como nuestro Gobierno improvisa soluciones alejadas de cualquier atisbo de humanidad, pero también resulta obsceno comprobar como el Partido Popular mantiene su estrategia de acoso y derribo, de agitar la crispación, no dando tregua ni tan siquiera para un asunto tan grave y de obligado consenso como éste (quizás falten todavía una o dos generaciones para que en nuestro país pueda ocurrir algo como lo que está sucediendo en Alemania donde con toda naturalidad la CDU y el SPD negocian un gran pacto de Gobierno). España se ha topado de lleno con el drama de la inmigración y las mafias en su cara más amarga. Es un problema que nos supera, por eso, toda la clase política española, dando por hecho el papel de convidado de piedra que siempre jugará Marruecos, debería jugar en el mismo equipo para encontrar las soluciones tan complejas que se necesitan para cerrar la herida africana.

El efecto llamada no es el problema, tampoco la españolidad de Ceuta y Melilla, tres vallas inteligentes de seis metros de altura custodiadas por legionarios tampoco es la solución, como tampoco lo es abrir las fronteras y que veinte millones de subsaharianos desesperados entren en España. Menos recomendable parece aún, fundamentalmente apelando a los derechos humanos y las mínimas normas de la ética y la moral, rescatar viejos acuerdos con Marruecos, de dudosa legalidad que nos permiten recolocar la desesperación en pleno desierto, fuera de nuestra vista. ¿La repatriación de los sin patria?

Las recetas son complejas y son antiguas. Si analizamos las fronteras de la Unión Europea, obviamente por el este, sureste y sur, comprobamos que las diferencias entre los niveles de renta de Polonia y Ucrania, o Polonia y Bielorrusia, no son abismales. La ampliación de la UE hacia el este, como en su día sucedió con las ampliaciones hacia el sur (España y Portugal), propiciaron las condiciones políticas, culturales, sociales y económicas necesarias para estabilizar esa gran frontera este de la UE, y lo mismo se está haciendo ya con Turquía, el puente que une Europa con Asia, país que está llamado a la integración en el club europeo, entre otras razones porque debe ser un factor estabilizador en esa zona estratégica del continente. ¿Y que pasa en la frontera sur, en nuestra frontera?, pues ni más ni menos que aquí si que nos encontramos con diferencias abismales de renta, aquí si que hay un primer y un tercer mundo separados por unas vallas y una franja de agua de apenas 14 kilómetros.

¿Qué falla?… evidentemente vuelven a fallar las grandes políticas europeas. Falla la Unión Europea porque éste es un problema que a España le supera. Lo estamos viendo día sí y día también. Ahora, por supuesto, pero desde hace tiempo la UE debería haber trabajado con ahínco en la frontera sur. Resulta recurrente, desde la perspectiva de la comunicación,acordarse del Informe Mcbridge, en todo lo que se propuso y nunca se hizo. Lo cierto y seguro es que el expolio africano nos trae ahora estas tempestades y la única forma de mirar hacia el futuro con cierta dignidad, con cierta tranquilidad, es invirtiendo en Africa, pero invirtiendo en democracia, invirtiendo en cultura y educación, creando la riqueza necesaria para que la desesperación desaparezca y la inmigración se reduzca, algo de lo que los irlandeses o los españoles sabemos mucho, aunque ahora hayamos perdido la perspectiva histórica.