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Al margen de interpretaciones o discusiones morales, teológicas o religiosas sobre el papado de Juan Pablo II, y ciñéndonos exclusivamente al punto de vista político, la figura de Karol Wojtyla que acaba de dejarnos, tiene un papel clave en la construcción europea. El protagonismo jugado por el Papa polaco en la caída del Muro de Berlín resultó determinante en ese proceso de fortalecimiento de los pilares de la UE. Principalmente junto a Lech Walesa, ex presidente polaco y fundador del sindicato Solidaridad, y también junto a otros destacados actores políticos del momento como Gorbachov o Helmut Kohl, Karol Wojtyla participó activamente en la transformación política más importante de los últimos tiempos: la caída del comunismo.

Ha muerto un Papa, pero también ha muerto un estadista que desde 1978 apostó por esa alianza de civilizaciones de la que ahora se habla tanto. Juan Pablo II se acercó al judaísmo y al islam, y esa misma filosofía la trasladó al ámbito político tendiendo puentes hacia lugares exentos de libertades como lo fue el Chile de Pinochet o la Cuba de Fidel Castro; allí, en La Habana, situó perfectamente la cuestión, criticando la falta de libertades del pueblo cubano por la opresión del régimen y, paralelamente, lanzando un grito de denuncia a los Estados Unidos por el embargo sobre Cuba que no mortifica a Castro y a la cúpula del Partido Comunista, sino al conjunto del pueblo.

Karol Wojtyla fue el Papa que simbólicamente marcó, en su momento, las mismas distancias entre Nueva York y Moscú, es decir, entre el neoliberalismo salvaje del capital y el comunismo. Un Papa que protagonizó durante los últimos tiempos, una de las actuaciones políticas más relevantes como fue la oposición frontal a los planes de George Bush para Irak. El NO A LA GUERRA de Juan Pablo II resonó en todos los rincones del mundo.

En su Wadowice natal, también en la cercana y religosa Czestochowa, en la pequeña localidad de Oswecim, donde los nazis levantaron el campo de extermino de Auschwitz, en la ciudad universitaria de Wroclaw, en la industrializada Katowice, en la cosmopolita Varsovia o en la esplendorosa y singular Cracovia, donde el Papa ejerció durante muchos años como Obispo, en todos y cada uno de los rincones de Polonia se llora la muerte no sólo de un líder espiritual, sino también de un líder político que liberó de frustrantes e histórico yugos a los polacos. Polonia fue la avanzadilla en ese proceso histórico que se culminó en 1989 con la caída del Muro de Berlín, un proceso de enorme importancia para comprender el presente y futuro de Europa, un proceso que lideró, entre otros, el Papa polaco.

Ha muerto un Papa controvertido en lo social, discutido por su incomprensible cruzada contra la Teología de la Liberación, pero que pasara a la historia, fundamentalmente, por ser un pacifista militante que tendió siempre puentes y participó en importantes logros históricos contemporáneos, como el derrocamiento del aparheid en la Sudáfrica de Mandela y, sobre todo, en la caída del Muro de Berlín que dio paso a la nueva Europa reunificada y fortalecida que hoy conocemos.

Apuntes sobre la vida de Karol Wojtyla

Karol Wojtyla nació el 18 de mayo de 1920 en Wadowice, al sur de Polonia, muy cerca de Cracovia. El 16 de octubre de 1978, a los 58 años, fue elegido Papa. Adoptó el nombre de Juan Pablo II en honor a su inmediato antecesor, Juan Pablo I que había durado tan solo 33 días en el Pontificado. Karol Wojtyla perdió a su madre con sólo nueve años. Su hermano falleció dos años después y su padre, un suboficial del ejército austro-húngaro profundamente religioso, murió en 1941. Wojtyla tenía 21 años cuando se quedó sin familia. Estudió en la Universidad de Cracovia y durante la ocupación nazi se formó clandestinamente en teología, ya que los alemanes habían cerrado todas las universidades de Polonia. Compaginó sus estudios con empleos como obrero en una cantera y en una fábrica química. Mientras duró la contienda, ayudó a las familias judías a escapar de la persecución del régimen nazi.

Tras la muerte de su padre, ingresó en el Seminario de Cracovia, entonces ilegal, donde tuvo que vivir oculto hasta 1945, fecha en que los alemanes abandonaron la ciudad. Wojtyla se ordenó sacerdote el día de Todos los Santos de 1946 con 26 años. Continuó sus estudios en la Universidad Pontificia de Roma Angelicum y en la Universidad Católica de Lublin. Se doctoró en Filosofía y en Teología. Su tesis se tituló El problema de la fe en San Juan de la Cruz, para cuya preparación aprendió español. En 1958 fue nombrado obispo auxiliar de Cracovia, en 1964 fue consagrado arzobispo de la citada sede y tres años más tarde sería nombrado cardenal. Participó activamente en el Concilio Vaticano II y en cinco sínodos episcopales internacionales celebrados entre 1967 y 1977 representó a la Iglesia de su país. Fue un 16 de octubre de 1978, a los 58 años, cuando Karol Wojtyla fue elegido Papa. Adoptó el nombre de Juan Pablo II en honor a su inmediato antecesor, Juan Pablo I, quien había fallecido el 2 de septiembre de ese año tras un brevísimo papado de sólo 33 días. Wojtyla se convirtió en el primer Papa no italiano desde la elección de Adriano VI, en 1522.

El 13 de mayo de 1981 el Papa sufrió un atentado y resulta gravemente herido. Los hechos tenían lugar en la plaza de San Pedro del Vaticano a manos del ciudadano turco Alí Agca. Según declaró el propio Juan Pablo II, las balas no acabaron con su vida “porque la mano de la Virgen desvió su trayectoria”. Con el paso de los años, Juan Pablo II se reunió con Alí Agca al que perdonó. Viajero incansable, cuando se recuperó de sus heridas prosiguió con sus periplos apostólicos, siguiendo su política de presencia dinámica de la Iglesia en el mundo. En total recorrió 129 países.

La salud del Papa fue bastante frágil desde el atentado. En 1992 fue operado de un tumor de colon. Aunque El Vaticano siempre negó que se tratase de un tumor maligno, a partir de entonces empezaron los desvanecimientos, el temblor de manos, el paso lento, el rostro de fatiga y el hablar entrecortado. Mientras, avanzaba imparable el Parkinson. No obstante, pese a su aspecto de fragilidad, Juan Pablo II resultó ser un hombre de inmensa energía. La proclamación de 2000 como año del Gran Jubileo estuvo marcada por diversos actos simbólicos y por una petición de Juan Pablo II de perdón por los pecados cometidos por “los hijos de la Iglesia” en sus dos siglos de historia.