Infinitas imbecilidades

Hay una pregunta que me magulla desde siempre. Incluso desde muchísimo antes de que Lana y Lilly Wachowski dirigieran Matrix en 1999 y nos pusieran en el brete de decidir si ¿pastilla azul o roja? De hecho, aún recuerdo –la verdad es que no sé si con nostalgia—una larguísima conversación que me mantuvo distraído toooda una larga noche con una joven estudiante de psicología en un piso de estudiantes en la capital de provincias que por entonces era Sevilla, muy a comienzos de los ochenta.

Y digo que me mantuvo entretenido porque mientras nuestros amigos (y/o amigas) se envolvían ¡ay! en los placeres de la carne, ella y yo nos explicábamos el mundo. Poco he cambiado desde luego, porque sigo recreándome con estas cuestiones que nos entretienen –esta es la prueba—a los que por afortunadas, aleatorias y fortuitas circunstancias de la vida, nos podemos permitir este tipo de distracciones.

No sé si es que los años nos vuelven pragmáticos (y/o pragmáticas), o es la respuesta de supervivencia que ofrece nuestro cerebro ante la impotencia de una obscena realidad que para nada casa con lo que consideramos deseable. Seguro que alguno (y/o alguna) de los (y/o las) cientos de psicólogos (y/o psicólogas) egresados (y/o egresadas) cada año de nuestras universidades públicas y privadas, me lo explicaría si pudiésemos charlar sobre lo divino y lo humano, mientras los compañeros (y/o las compañeras) de piso se sumergen en los húmedos juegos del placer.

Lo cierto es que la misma pregunta todavía se me presenta aún vívida (con tilde). Es simple, muy simple. Quizás haya modificado su formulación para hacerla más directa, pero en absoluto he alterado su componente existencialista ni, por supuesto, su naturaleza inquisitiva. ¿Y si todos formásemos parte de la Gran Conspiración? Así como sus dos preguntas derivadas, por supuesto: ¿Y si la Gran Conspiración hubiese alcanzado tal sofisticación que, como el demonio en la tradición judeocristiana, haya conseguido hacernos creer que no existe? ¿Y si la Gran Conspiración tuviera la capacidad de fragmentarse en infinitas imbecilidades, incluida esta columna, de forma que consiguiese mantenernos entretenidos mientras otros (y/u otras) en las habitaciones de al lado, disfrutan de los placeres de la vida?

Permíteme tú lector (o lectora) que te lo plantee con esta crudeza, pero es que no encuentro otra manera de explicar la manifiesta imposibilidad que mostramos en España para alterar el orden de las palabras y los cosas, Foucault dixit. Apenas puedo explicarme la patente inutilidad que demuestran los diputados (y diputadas) que viven de la Carrera de San Jerónimo para transformar España en un país moderno. ¡Por cierto! ¿Para cuándo que algún (o alguna) portavoz (o portavoza) nos alivie del tedio de los problemas cotidianos proponiendo un cambio de nombre a la calle donde reside la soberanía popular de un estado aconfesional? Pareciera que la Gran Conspiración solo coopta a los autorizados (y/o autorizadas) –políticos (y/o políticas), periodistas (y/o periodistos), profesores (y/o profesoras) universitarios (o universitarias) y opinadores (y/u opinadoras) en general—para comentar sus avatares y así entretener el curso del tiempo del que disfrutamos lánguidamente en las sociedades opulentas.

Recuerdo que hace unos meses me encontré con un (o una) posible candidato (o candidata) a rector (o a rectora) de mi universidad y le dije: «sabes qué es lo peor de todo, que cuando no podemos llegar tenemos muy claro qué querríamos cambiar, pero cuando llegamos es solo porque ya hemos olvidado qué queríamos cambiar». No sé si mi interlocutor (o interlocutora) me entendió, pero todo el argumento pivota sobre la consecutiva ‘porque’.

Efectivamente, después de muchos años atendiendo al discurrir del cotidiano, intentando escuchar más allá de mi propia sordera y empatizar con otros (y/u otras), y desesperar ante la irrealización de otras posibilidades distintas a las ya contempladas en el mundo que determina lo posible, he concentrado mi mirada en algunos elementos más simples y, creo, he logrado avanzar algo y simplificar la pregunta: ¿por qué llegamos solo cuando hemos olvidado porqué queríamos llegar?

Por suerte siempre viajo con esa pastilla que me devuelve a la realidad cuando viajo: una buena copa de vino mientras disfruto del precioso, delicado y muy personal, reportaje de fotografía que le hice a Eugenia, mi mujer.

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