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El domingo acudiré a la cita con las urnas, será el mismo ritual que desde que cumplí los 18 años, nunca he fallado, lo considero una obligación ciudadana y un respeto a la democracia, esa misma que nos faltó en este país durante más de 40 años. Votaré porque soy de esa especie rara, creo que un 3%, y a la baja, que primero se siente europeo, luego español y por último, madrileño afincado en Alicante (en mi caso). Votaré, básicamente, porque no quiero en el Parlamento Europeo a gente como Geert Wilders (Holanda), ni quiero en la política europea a gente como Berlusconi, Fabra o Camps, ni, por supuesto, a los corruptos ‘whigs’ del Reino Unido. Votaré porque sigo creyendo en este maltrecho pero increíble invento que se llama Unión Europea.

La espectacular subida de la ultraderecha en Países Bajos pudiera haber actuado como resorte en más de uno de nosotros. Las autoridades europeas han denunciado que este país haya hecho públicos los resultados de los comicios que tanto en Holanda como en Reino Unido se adelantan un par de días. Muchos pensamos que bienvenida sea esta ‘falta’ electoral porque puede actuar a modo de alarma de última hora que movilice a muchos europeos. Lo primero que ha hecho el líder de la ultraderecha holandesa, Geert Wilders, nada más conocer los resultados es poner en cuestión el propio Parlamento Europeo, del que formarán parte y del que recibirán suculentas subvenciones. Me niego a que esta institución, con sus grandezas y miserias, que es la más democrática de la Unión Europea, caiga definitivamente en manos de antieuropeístas, populistas y políticos corruptos.

Los británicos han castigado ya con dureza en las urnas la corrupción de los laboristas. Gordon Brown intenta hacer equilibros políticos, pero los resultados de las urnas en el Reino Unido han servido para alzar la voz contra la corrupción. Así debe ser, y así fue, por ejemplo, en España cuando se castigó la corrupción socialista a mediados de los años 90.

El problema surge cuando, en determinados territorios, las corruptelas están tan extendidas que el clientelismo y las voluntades compradas, en todos los ámbitos de esa determinada sociedad, hacen complejo un cambio político, es el caso de la Italia de Berlusconi, un personaje repugnante como político y como persona que presume ya de un nuevo triunfo electoral el próximo domingo. También es el caso, en España, de la Comunidad Valenciana, con actores similares a Berlusconi como Fabra o Camps que también han sabido tejer potentes redes electorales para salvar sus desdenes.

ACCIÓN-REACCIÓN. Unos y otros, renuevan mi compromiso con la política con mayúsculas, mi compromiso en la necesidad de luchar contracorriente para conseguir, quizás a medio o largo plazo, que Europa vuelva a ser un espacio de grandes estadistas, de europeístas convencidos que crean en un proyecto común de bienestar y progreso, como lo hicieron en los años 80 gentes, de distinto espectro ideológico, como Jacques Delors, Helmut Kohl o Felipe González. Se les echa de menos.