LA GLOSA

Estos días, mientras en Bruselas se debate sobre el futuro económico y político de la Unión Europea, cuando tiene lugar el habitual mercadeo que gira entorno al paupérrimo presupuesto comunitario, y cuando el impulso de la unión política se ha visto frenado por el rechazo francés y holandés a la Constitución Europea, se conmemoran veinte años de un acuerdo histórico que reforzó sobremanera la construcción europea, el Acuerdo de Schengen. Justo ahora, hace veinte años que se firmó en la pequeña localidad de Schengen, Luxemburgo, el Acuerdo de Schengen sobre la eliminación de controles fronterizos entre Bélgica, Alemania, Francia, Luxemburgo y los Países Bajos. Durante los años siguientes, otros países de la UE, como España, se sumaron a Schengen. Aquella firma coincidió en el tiempo con la histórica firma del Tratado de Adhesión de España a la CEE. Frágiles de memoria, quizás nos hayamos olvidado de aquellos tiempos, no demasiado lejanos, cuando había incómodos controles fronterizos con Portugal y Francia. También entonces, los euroescépticos de turno pusieron reparos a este acuerdo.

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