Cooperar para servir no implica servir para cooperar

POR LIS GAIBAR.- Que no se malinterprete el título: todas las personas sirven para cooperar. Pero no toda cooperación sirve, considerando el verbo con la acepción de “ser a propósito para un posible fin” y el término de cooperación con el apellido de “al desarrollo”Huelga decir que esta afirmación y las líneas que siguen son una opinión personal basada en la observación, en la investigación y, sobre todo, en la autocrítica.

El cooperante suele serlo, en primera instancia, por y para sí mismo; aunque pueda parecer lo contrario. Es lícito, necesario y correcto. El cooperante encuentra un beneficio en cooperar, y éste puede ser (y suele ser, principalmente) la realización personal. Al cooperante le llena cooperar, le hace feliz. Pero aquí entran en juego, a mi juicio, dos errores frecuentemente cometidos por aquellos que en algún momento deciden –decidimos– aventurarnos y experimentar de alguna forma qué es esto de la cooperación al desarrollo: mirar desde arriba y no mirar adentro.

El primer error es caer en el paternalismo, posiblemente de una manera poco evidente y sin consciencia ni intención de ello. Todo y que cada vez es más fácil profundizar en qué consiste realmente la cooperación al desarrollo y en qué se diferencia de la solidaridad o el asistencialismo, seguimos teniendo vicios. Vicios propuestos por una sociedad en la que el occidente se autoconfigura como motor y ejemplo de la civilización, en su término más amplio. Vicios alimentados por un mecanismo empresarial que se aprovecha de las buenas intenciones.

El segundo error, y quizás el más grave, es no ser autocrítico. Lo primero que la persona que decide viajar a un país ‘poco desarrollado o en vías de desarrollo’ debe preguntarse es de qué va a servir su presencia allí y en qué condiciones. Cuando se quiere actuar en un área de un lugar específico, la persona debe estar formada en esa área y el programa ha de ser realista; en cuanto a sus objetivos y con los medios y el tiempo del que se dispone. Igual que un sociólogo no debería ir a un hospital africano a realizar tareas propias de un médico, un médico no debería pretender que una estancia corta tenga un impacto real sobre el desarrollo de esa área o sobre la formación de su personal sanitario que, en última instancia, será quien permanezca en dicho centro. Por eso es tan importante la formación, una formación rigurosa y adaptada a las necesidades e idiosincrasia del lugar en el que se coopera; y lo suficientemente completa y extensa como para que, realmente, sirva de algo.

Proyecto de cooperación de la UMH en Ruanda

La cosa se complica aún más cuando determinados perfiles queremos ser de utilidad. Claro que cualquier rama de conocimiento puede aportar en cualquier lugar, pero es inevitable achacar el protagonismo de la cooperación a sanitarios o técnicos. Ejemplifico con mi caso: como periodista, yo tenía serias dudas de si realmente podía servir de algo en Ruanda. El tiempo me ha demostrado que las horas de mi voluntariado sobre el terreno han dado algún modesto fruto (en un pequeño y cercano entorno), pero para mí resultaba bastante frustrante ver cómo el resto de mis compañeros –todos de ciencias sanitarias, sociosanitarias o ingenierías– producían un “beneficio” inmediato sobre el terreno.

En cualquier caso, la autoexploración es el punto de partida. Vuelvo a mi caso: yo sabía que si quería volver a Ruanda este verano tenía que ser en calidad de coordinadora, por las características del programa en el que participé. Y yo no me sentía capaz de coordinar a un grupo en esas circunstancias. Estoy cubriendo mis carencias para poder hacerlo en un corto periodo de tiempo, pero no voy a mentir: a ratos me arrepiento de haber sido honesta conmigo misma. Además de lo apasionante de desarrollar un proyecto ahí, este verano sucedía una cosa que hacía aún más atractivo volar. En agosto pasado se celebraron las elecciones presidenciales en Ruanda; debido a mis inquietudes periodísticas e investigadoras hubiera sido emocionante para mí estar cerca en esas fechas. Y me daba rabia seguirlas por Internet desde casi 8.000 kilómetros de distancia, cuando existía una oportunidad, por mínima que fuera, de haber podido presenciar al menos una parte en primera persona.

Cuando esto me pasa me recuerdo que incluso para los buenos fines hay malos medios. En realidad no me arrepiento de no haberlo intentado, porque sé que a mí me habría servido ir pero yo no habría servido todo lo que puedo llegar a servir. Y cuando te entregas a algo así, lo mínimo es que en esa entrega alguien reciba algo; que sea de verdad beneficioso para ambas partes. Que merezca la pena, que contribuya al desarrollo. En definitiva; que sí, que realmente sirva.

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