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Rosa, Sefi y servidor, acabando la pesadilla con Spanair

Rosa, Sefi y servidor, acabando la pesadilla con Spanair

Tengo varios post pendientes, referentes al seminario profesional de Innsbruck (Tirol-Austria) y al congreso internacional de la Universidad de La Laguna (Tenerife), donde se acaba de poner en marcha la Sociedad Latina de Comunicación Social. Sacaré tiempo de debajo de las piedras para hablar sobre lo mucho que han dado de sí ambas citas, pero antes quiero prologarlo todo con la intrahistoria de ambos viajes, una intrahistoria marcada por la pesadilla de volar con compañías aéreas españolas.He cogido ocho aviones en doce días y en todos los vuelos ha habido algún incidente. Todos los problemas han sido con Iberia y Spanair, nunca los he tenido con otras compañías, nunca jamás. Arrancamos periplo con un retraso sustancial para salir de Alicante a Madrid, donde debíamos tomar con una hora de margen otro avión para Munich, en la capital bávara nos recogía un taxi para llevarnos a Innsbruck, en El Tirol. El taxista germano tuvo que armarse de paciencia. El retraso en Alicante propició que mis compañeros José Alberto, Miguel y un servidor batiéramos el ‘recórd del mundo’ de cruzar la T4 de Barajas desde su extremo este a su extremo oeste. Un sprint memorable. Nuestras piernas fueron más rápidas que nuestras maletas que no subieron al vuelo Madrid-Munich. Problema grave: a la mañana siguiente teníamos que participar en un seminario profesional con directivos de periódicos europeos… y nosotros con lo puesto. Una señorita muy amable nos dijo en el aeropuerto que las maletas llegarían esa misma noche o al día siguiente a primera hora: “No se preocupen, tendrán la ropa para su reunión”. No fue así, mostramos un aspecto bastante lamentable y maloliente… menos mal que los del Tiroler Zeitung nos regalaron un gorro y no pasamos frío, algo es algo. Las maletas llegaron justo un día después. ¡Qué placer tener ropa limpia!

José Alberto y Miguel, en el aeropuerto de Alicante, donde comenzó la pesadilla

Vuelta a Alicante, de nuevo desde Munich, vía Madrid. Retrasos y otra maleta perdida.

Carreras de infarto

Sin tiempo de descanso, tomo un nuevo vuelo desde Alicante a Tenerife, inevitablemente por Madrid. Salimos con retraso desde Alicante (es lo habitual), nuevo sprint, me dice una azafata que si supero la marca del día anterior en cruzar la T4 puedo pillar el vuelo a Tenerife, a costa de sufrir un infarto. Lo intento. No hay suerte, llego a la puerta de embarque, sudando… el avión está ahí delante, todavía sin salir, pero una amable señorita me dice que según no sé que coño de normativa no puedo subir ya al avión, que vaya a un mostrador que está a tomar viento y que allí me darán otro vuelo. Efectivamente, otra amable señorita me dice que tengo vuelo cuatro horas más tarde y me da un ticket para que me tome un ‘snack’, o lo que es lo mismo un pincho de tortilla y una caña de toda la vida.

Amigos y damnificados

Todo se acaba, son muchos días de reuniones, trabajo, viajes, y tengo ganas de llegar a casa y descansar. Si todo va normal debo comer en Alicante. Me levanto muy temprano, llueve en Tenerife y llego puntual al aeropuerto del norte. Debemos salir a las 9, hacemos cola, pasan quince minutos, todos en la fila vemos como nuestras maletas están en la pista, junto al avión, a la intemperie, mojándose a más no poder. A las 9,30, personal de Spanair, boca a boca, nos van diciendo que hay huelga de controladores y que no saldremos hasta las 11 horas. En los carteles no se informa de nada, todo está tal cual… con el vuelo anunciado para las 9 horas. Sigue lloviendo y las maletas se empapan y nosotros lo vemos todo, incrédulos, tras una gigantesca cristalera. Es entonces cuando Rosa, Sefi y un servidor nos conocemos. Son colegas de la UA y de la UCAM que han participado en el Congreso de Tenerife. Damnificados, a los que se unen otros como Verónica, una joven enfermera murciana que trabaja en Tenerife y que hace un viaje relámpago a Murcia para presentarse a una oposición. Está nerviosa. También lo está María, una madre alicantina que viaja con su hijo pequeño. Amables señoritas de Spanair nos dicen que no nos preocupemos que “se trata de un círculo vicioso, los retrasos se acumulan en Madrid y harán su conexión a Alicante sin ningún problema”. Cuando esta gente te dice que no hay problemas, ya sabes que hay problemas…

Volamos a Madrid, nadie nos informa sobre las conexiones. Solamente al salir del avión, otra amable señorita nos dice que nuestro vuelo ha salido ya para Alicante que recojamos nuestros equipajes y vayamos a una oficina de Spanair y que allí nos darán plazas en el siguiente avión para Alicante. Son las 13,30 horas. Los damnificados de Alicante vamos al primer mostrador,  con nuestras maletas empapadas por las dos horas que estuvieron al raso en Tenerife. Andamos un kilómetro aproximadamente por la T2. Una señorita poco amable y visiblemente nerviosa nos dice que el primer vuelo que nos pueden dar para Alicante será a las 20,30 horas, o en su defecto a las 23,45 horas. Mal rollo. Me mosqueo. Les pido hoja de reclamaciones, también les pido un vale para comer, son las 15 horas. Nos niegan la comida. Me mosqueo un poco más y me remite a la encargada. La joven madre que va con su pequeño y que ha tenido que recoger carro, maletas, juguetes, etc, pide ayuda para hacer el traslado desde la T2 a la T4, Spanair se la niega, alegando que solamente se presta ese tipo de apoyo a personas minusválidas. Nosotros se la ofrecemos. Es el momento de hablar con la encargada. Accede a darnos los vales de comida. Llama a sus superiores para consultar que hacer ante la reclamación por las maletas mojadas. “Según la normativa, si el líquido es agua la compañía no se hace cargo de nada”… Spanair solamente te cubre desperfectos si llueve ácido sulfúrico. También cambia la versión del motivo del retraso del vuelo, no era una huelga de controladores, ahora nos dicen que se trataba de “inclemencias meteorológicas en Barajas”… luce un sol de órdago en Madrid.

La guinda

Con las maletas mojadas, billetes para las 20,30 horas, los vales de comida y un importante cabreo, Rosa, Sefi, la opositoria, la joven madre, el pequeño y un servidor, nos subimos al autobús para hacer el traslado desde la T2 a la T4, allí estaremos varias horas hasta que salga nuestro avión para Alicante. Una interminable espera que se hace agradable gracias a la compañía. Cansados, cabreados, resignados, molestos por un trato indigno, nos dirigimos en peregrinación hacia la T4. Pasamos un nuevo control y me mosqueo un poco más por contemplar la siguiente escena: una vigilante de seguridad echa el resto para cachear a conciencia a una inmigrante sudamericana, no contenta, le pide a su compañero que siga con el concienzudo registro. Justo al lado, una ‘señorona’ española, bien vestida, con pieles, joyas y un perrito, pasa el control sin mayores problemas, pero la mujer se vuelve hacia atrás asustada y grita pidiendo auxilio porque ha perdido una pulsera de oro. El marido de la inmigrante señala al suelo y le indica a la señora donde está la pulsera que ha perdido. La señora se calma. Los ‘seguratas’ acaban el cacheo.

Parece un milagro, son las 21 horas, a las 14 debería haber llegado a casa después de haber cogido ocho aviones en doce días, y por fin subimos al último vuelo que nos llevará a Alicante. Nos subimos al avión, nos entra la risa y nos hacen la foto que ilustra este post. Solo podemos reir cuando escuchamos al comandante decir que el avión saldrá con media hora de retraso porque le están cambiando los juegos de luces. Volar y sufrir, desde Los Alpes a Tenerife, pasando por la T4 donde me acordé mucho de Tom Hanks, en ‘Terminal’.